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martes, 8 de marzo de 2011

Sin la lectura no existe afición a la cultura

Como decía Juan Perucho, Premio Nacional de la Letras, »es evidente que sin la lectura no existe afición a la cultura. Es preciso, pues, empezar la lectura muy pronto, y el interés vendrá gradualmente por poco que se tengan predisposiciones adecuadas. Es muy importante, por lo que a mí me parece, tener afición a la lectura porque ésta es el vehículo normal e insustituible, no sólo por el placer estético que se espera y produce, sino también por la cultura en general. La lectura es el vehículo de la cultura. La cultura de la letra impresa. En estos últimos tiempos, se acostumbra a hablar de otras culturas como, por ejemplo, la de la imagen y la del sonido. Pero está claro que, sin el substratum de la escritura, no son cultura. Incluso la acción de estudiar es, normalmente, lectura. Se observa determinante el hecho de que, para la cultura de la imagen, sea preciso la educación de los ojos, así como para la del sonido se requiera la del oído, pero no serían nada sin la implícita relación con la educación en general y, específicamente, con la cultura crítica. Y ésta nos viene dada por la lectura, la cual incluye alusiones e, incluso, ironías.
Ahora bien, de una manera general, se ha de tener en cuenta, en este viaje iniciático, las consideraciones que hace T. S. Eliot en “Notes towards a definition of culture”, diciendo que el término cultura tiene diferentes acepciones, según consideremos el desarrollo de un individuo, de un grupo o clase, o de toda una sociedad. Pero también se ha de tener en cuenta diversas formas de realizaciones. Nos encontramos ante un hecho complejo. Podemos –añade Eliot– pensar en el refinamiento de las maneras, o urbanidad y civilidad; si es así, primero pensaremos en una clase social. Podemos pensar en la erudición; si es así, el hombre de cultura es el erudito. Podemos pensar en la filosofía, en su sentido más amplio, o un interés en las ideas abstractas, y alguna experiencia para manipularlas; si es así podemos significar al intelectual.
En realidad, lo había empezado a entender. Intenté analizar el efecto negativo que producen los medios de comunicación audiovisuales en los ámbitos de lectura. Primeramente, ésta obligaba a hacer una gimnasia mental. No hay nada que llegue fácilmente. El acceso a la cultura es, en un principio, un poco áspero y ascético.
Requiere un esfuerzo que no se hace en forma baladí. Lo más grave, ocurre por el hecho de que la televisión o la radio se ofrecen de una manera tan cómoda y fácil, que los aficionados a la lectura se sienten, incluso, cautivados por sus imágenes sugestivas.
La cultura es, en el fondo, un repertorio de posibilidades. Proporciona los datos que cada persona, según su manera de ser, su sensibilidad, escogerá para confrontarse a sí mismo. Como no se puede leer todo, se termina por asimilar aquello que a uno le conviene fundamentalmente. La cultura que nos ofrecen las escuelas y las universidades, no da un nivel superior, pero diverso, porque todo el mundo leerá, es cierto, Shakespeare o Cervantes, Goethe o Rilke, pero algunos profundizarán más en Balzac o en Dickens, en Leopardi o en Kafka. Todo el mundo sabe quién es quién; no obstante, uno se nutre de sus afinidades: ¿Lulio o Bacon? ¿Dostoievsky o Eça de Querioz? ¿Machado o Valéry? De los dos autores, el déficit de uno y la abundancia del otro provoca nuestras diferencias. Somos diferentes porque, a pesar del idéntico nivel de la propia computadora cultural, hemos bebido en distintas fuentes: conocemos Platón, sí, pero no Zenón de Elea.
Este hecho nos hace diversos y divertidos. La comunicación de masas (televisión, radio, cine) nos hace iguales, nos uniformiza, y así nos encontramos riendo de los mismos chistes y acabamos pensando de la misma manera. Por otro lado, la lectura nos hace libres y hace posible la meditación de lo que hemos leído.
Defiendo el concepto de cultura como una práctica de la tolerancia, y me siento inclinado a afirmar que una persona culta (la que se ha hecho a través de la cultura) es aquella que puede debatir los problemas más complejos sin alterarse. Uno se siente tolerante y libre. Cuando la televisión se pronuncia sobre algo, parece como si fuera cosa juzgada; produce autoridad absoluta y, evidentemente, es un mal. Se inicia, desde aquí, un proceso de homologación masiva que, sólo se podría modificar, incrementando los contenidos culturales. Pero ésto es un pez que se muerda la cola. ¿Quién manda? ¿Los promotores culturales o el público? Dentro del mundo, estrictamente cultural, también se formula la misma pregunta. ¿Quién manda, el escritor o el editor? Ahora se tiende a vender el libro como un producto manufacturado, simplemente, por las grandes editoriales, como marketing y promoción publicitaria intensísima. Se edita, al final, lo que quiere el gran público. Se saldan los libros o se destruyen. A veces, existen simplemente para intimidar al autor, y castigarlo por no obedecer determinadas exigencias editoriales.
Las anteriores alegaciones sirven para hacer un llamamiento a las instituciones responsables y conscientes del problema, y recomendarles que protejan la formación de las bibliotecas públicas y privadas, y que la gente lea y ame el libro, a través de los educadores, que son casi los únicos que pueden impulsar el amor al libro, y su lectura. No solo amar el libro, como un producto de cultura, sino como a una Babà física: cogerlos del suelo, de los estantes de las bibliotecas, oler el perfume de sus tintas, acariciarlos, contemplarlos como auténticas joyas. Solamente entonces podremos recuperar la gran tradición cultural de Occidente que estamos perdiendo muy deprisa«.

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